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casa prefabricada de madera

Rastros de carpintería – La barbarie

La imagen de un leñador con un hacha, un hombre de fuerza bruta derribando un árbol gigantesco, hiriendo su tronco casi a ras del suelo, haciendo daño al bosque, es la imagen, quizás equivocada, que guardamos en nuestra memoria de quienes, aserradores, aprovechan la madera madura, ya sea en las selvas o en los bosques plantados, para que los carpinteros podamos crear objetos con ella. Me propongo, y ojalá lo consiga en este texto, rescatar al aserrador de una condena social que juzgo injusta, absurda, para que más que como un oficio de bárbaros consideremos la suya la labor de un experto, de un sabio en su quehacer, como lo puede ser cualquiera en otra disciplina, así esta afirmación conlleve, en sí, y más en esta época de caos por la pérdida excesiva de nuestra superficie forestal, un propósito aparentemente equivocado.

 

La vida tiene ciclos, que empiezan y terminan, o que podemos prolongar, antes de que se cumplan, si para ello, y obrando de manera responsable, aprovechamos nuestros conocimientos.

Lo que comenzó siendo una semilla y luego una plántula pequeña que irá creciendo, día a día, “la conversión de materia inorgánica a materia orgánica, gracias a la energía que aporta la luz y le transforma en energía química”, el frágil mecanismo biológico que le desarrollará hasta ser, inicialmente, una planta joven, una parte minúscula de los organismos que año a año “fijan en forma de materia orgánica en torno a cien mil millones de toneladas de carbono”, el proceso, siempre perfeccionado por la naturaleza, que finalmente hará de ella la estructura imponente, hecha de sol y tiempo, que es un árbol, es la materia prima de la que se sirve un aserrador para su oficio, nuestra mayor dificultad para entenderlo, el mayor de sus secretos.

 

Tiene a veces el árbol un fuste de muchos metros de altura, mas de cien posiblemente, si es una secuoya de las sierras de California, otras un perímetro que no alcanzan a abarcar treinta adultos que le abrazan, si nos referimos a un baobah de Limpopo o un tule de Oaxaca, o un cedro de Yakushima o un kauri de Waipoua; en ocasiones parece un armazón natural y cuenta con ramas que cubren una luz de hasta veinticinco metros a cada lado, un espacio mayor de lo que el más optimista de los constructores pudiera imaginar, si es uno de mis samanes queridos, crecidos en el Valle del Cauca, un maderamen que nos obliga a pensar, a considerar si no fuese casi que imposible un voladizo del que bien quisiéramos conocer ahora sus principios para desarrollar nuevas formas en nuestra arquitectura. Es un ser vivo que acaso puede durar en pié hasta cinco mil años, si es un pino longevo, un tejido de la luz que más parece una realidad sacada de un relato de ciencia ficción que de la lógica elemental que esperáramos tuviesen las ideas para poder explicarnos fácilmente la existencia; un organismo complejo, con células y moléculas y genes y cromosomas, en actividad. Es un misterio, pues en alturas y diámetros y vuelos de sus ramas y durabilidad, aún tendremos por conocer secretos que guardan las “selvas tropicales implacables” en lugares remotos,en el escudo guyanés”, por ejemplo, “cerca al rio Jari, donde crece el Angelim rojo”, un gigante rodeado por otros gigantes, “con noventa metros de altura, más de cinco metros de diámetro, y cuarenta toneladas de carbono almacenadas en su interior”. Cualquiera de ellos, la secuoya, el cedro, el angelim, o cualquier otro, querámoslo o no,  y pasaremos entonces de una discusión técnica a un debate de la ética, puede y debe ser aprovechado antes de que finalice su vida, antes de que su materia se descomponga, antes de que en su caída arrastre a otras vidas como la suya que crecen a su lado en el bosque.

Existe un momento, que quisiera presentar como exacto, para ser un poco más gráfico, aunque sé que no lo es, en el que una sola herida en la corteza del árbol permite quelas esporas de los mohos penetren hasta su interior, germinen dentro del tejido e ingieran su duramen”, por más que éste tenga el corazón tan duro como el de muchas especies tropicales, como el del guayacán o el carreto o el puy de nuestra sierra nevada, como el de tantas otras “especies de bosques de crecimiento antiguo”; un instante en el que “la madera desnuda queda expuesta, por obra de una poda inadecuada, de una rama caída, del daño por el fuego o de la acción de las aves o de los insectos”. Existe, y para suceder ésa primera arremetida de la vida, un período posterior en el que “los tejidos, que no están vivos y que son degradados, empiezan a perder su color y su fortaleza, creando debilidades estructurales”, y es cuando entonces el peso de tanto tiempo comienza a inclinar su estructura superior, de troncos y de ramas, pues ésta ya no se soporta en sus raíces,o no soporta la fuerza de los vientos”, o se desarraiga. Existe una pequeña fracción en el tiempo, y vuelvo a ser figurativo, desde la cual y lentamente, asistiremos al infortunio de ver cómo “se marchitan sus hojas y se atrofia su crecimiento”, un único segundo que dará paso a una fase final que irá hasta cuando “el leño se convierte en aserrín y en alimento de los microorganismos que existen a su alrededor”, a una etapa irreparable donde comienza el proceso lento de la muerte, su muerte, donde empieza el árbol a perder no solo la presencia de su magia, el encanto inexplicable que produce en cada uno de nosotros su existencia, sino también, y lo debemos evitar, lo podemos evitar, su riqueza material.

 

Ha sido nuestro trabajo como aserradores, al igual que el de otros técnicos prácticos que cuidan de los árboles, evitar que se suceda ése momento, impedir que el ciclo de la vida se cierre sobre si mismo, formando un circulo perfecto, ha sido nuestra labor intervenir el devenir un instante antes de que éste se suceda, y dar una segunda oportunidad, una nueva vida, al árbol, que entonces se convierte en la madera, materia prima que aprovechamos ahora y hemos aprovechado durante tantos miles de años, en tantas obras. Ha sido la labor del aserrador ser multiplicador de vidas, el primer eslabón en la cadena productiva de la madera, ser quien ha obrado y obra ahora en bien de la naturaleza y no en contra de ella.

La deforestación tiene muchas causas, y algunas tienen que ver con nuestro oficio. Ha existido un poco, bastante menos de lo que se nos atribuye, de culpa nuestra. “Tres billones de árboles pueblan ahora, en menor medida a como lo era antes, la superficie del planeta, pues hemos perdido otro tanto igual en los trescientos setenta millones de años que creemos ocupa su existencia, quince mil millones menos de ejemplares cada año, mas de cuarenta millones cada día”. Son agricultores o ganaderos, no aserradores, quienes a tala y quema, siguiendo una lógica de lucro comercial, amplían sus fronteras industriales; mineros, quienes han degradado extensas zonas selváticas hasta encontrar, para explotar, sus vetas; es el fuego,elemento esencial y natural en el funcionamiento y la salud de numerosos ecosistemas forestales, quien esta vez, por acción nuestra, es también una amenaza para muchos bosques y su biodiversidad”; es la tala furtiva, de quienes utilizan la madera por necesidad y para combustible. Ha sido y es la deforestación, igualmente, el resultado de quienes desmontan los valles y las cordilleras para la construcción de vías de acceso y carreteras, dando paso a la colonización, a “la intención de poblar un lugar distante y obtener sus riquezas”, otra amenaza a la vida, y no solo para el universo forestal del que ahora nos ocupamos sino también para la riqueza material e inmaterial que proporcionan su fauna y su flora, es “la acción de dominar un territorio” un ultimátum, no solo para ecosistemas valiosos e irremplazables, en ocasiones a escala del planeta mismo, sino también para quienes allí han habitado y cuidado, sigilosamente, de sus recursos, casi desde siempre. Si fuese cuestión de nuestro oficio, de un desempeño responsable con la naturaleza, elegiríamos el roble o la caoba o el abarco o el sapán ya maduros, lo seleccionaríamos, lo estudiaríamos, lo aprovecharíamos con cuidado y dejaríamos, si fuese un bosque natural, nuestra labor más difícil, que la regeneración misma se encargue de restablecer las condiciones de la zona intervenida y crezcan nuevamente, con la lógica que tiene el desarrollo de cada especie y de cada espacio forestal, los árboles que habrán de reemplazar a los ya aprovechados, que estaban a punto de cumplir el ciclo de su vida y que nos han dejado, para utilizar durante cientos de años más, un recurso producto de su vida renovable, como ninguna otra, su madera. La deforestación encuentra en la reforestación y en la regeneración no las únicas pero si una de sus mejores respuestas, y el aserrador, conocedor de su oficio, asume una función fundamental en cada una de ellas.

 

La vida tiene ciclos, que empiezan y terminan, o que podemos prolongar, antes de que se cumplan, si para ello, y obrando de manera responsable, aprovechamos nuestros conocimientos. El ciclo de vida de los árboles, de los bosques plantados y las selvas, es también responsabilidad nuestra, como aserradores, pues con nuestra labor comienza un nuevo ciclo, igual de extenso, tal vez, al anterior, con la misma magia, el ciclo de las obras en madera que acompañará por muchos siglos más, ojalá, nuestra necesidad de hallar a nuestro lado la energía, el embrujo, la belleza, de un elemento natural, su color, su olor, su textura, sus vetas.

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