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Soluciones de madera para la construcción.

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estructura en madera

La sabiduria

Si cae un árbol, ya no debemos preguntarnos por el mecanismo ancestral que vinculó cada una de sus partes para que en ellas siempre hubiese savia. Debemos preguntarnos por el proceso inverso, el que entonces comienza, de cómo la madera, al caer y con el tiempo, elimina el agua libre que circuló por ella, de cómo se equilibra con la humedad del ambiente la materia líquida que integra o impregna las paredes de sus células. Debemos preguntarnos, en nuestra planta de producción, por cómo agilizar el proceso natural del secado, en cómo hacerlo bien, para que no haya fisuras o alabeos, debemos interrogarnos nuevamente por el peso que con la sustracción de fluidos pierde la materia. Ya no importa el cómo las raíces, que “crecen hacia el interior del suelo por presentar geotropismo positivo y fototropismo negativo”, captaron los minerales que estaban en la tierra y le hicieron llegar hasta el ultimo rincón. Si el árbol mismo hizo las veces de una bomba o de un ariete, o de algún otro artefacto mágico, desconocido por ahora, hizo las veces de un artificio impulsado por los rayos de la luna, del que aún no hayamos podido descifrar crecientes y menguantes, debemos indagar si mas bien sus hojas atrapan el vapor presente en el aire como en mi alcoba atrapa la vida que hay en la imaginación, mi atrapasueños. Ya no importa “si las moléculas utilizan la infinidad de conducciones que conforman el xilema vegetal”, bien sea por capilaridad o por presión radical, como ya no se cree que sea, “o si mas bien debamos tener en cuenta que en un ambiente que se ha hecho mas seco por la acción del viento o por el calor del sol, el agua que llega a las hojas se evapora, y pasa a la atmósfera, si ésa transpiración provoca un flujo de agua entre las hojas y el xilema, entre el xilema y la raíz, entre la raíz y el suelo, si debamos apegarnos a la teoría que explica este proceso de ascensión como una cadena de difusiones, de arriba abajo, como un mecanismo físico que provoca la succión mediante una columna hídrica, que permanece unida, y llega hasta la célula mas lejana, así sea que hablemos de un Aya de Tasmania, un gigante del monte Baw, un eucalipto regnans de ciento cuarenta y tres metros de altura, como alguna vez lo hubo, donde, al igual que en otro cualquiera de su especie, de su familia, de su género, el agua convertida en savia bruta se eleva, bien sea por su fuerza de cohesión, al mantener pegadas las moléculas del agua entre sí, o por su fuerza de adhesión, al hacer que el agua moje las paredes internas de los vasos del xilema”. Ya no importa, pues por los mismos canales el agua regresará, siguiendo una dinámica natural, para entonces ser utilizada por otros organismos que dependen de ella, y la función del árbol, cuando ya es la madera, no requerirá de los niveles de irrigación que entonces le exigieron los frutos y las flores y las hojas, que ahora ya no tiene. Si cae un árbol ya no debemos preguntarnos por cómo fue la vida en él, pero saberlo será el único camino posible para entender como debemos tratar lo que es ahora su existencia, en un fardo listo a pasar por una sinfín o una molduradora, para saber qué fue, años antes, de los tablones con los que ahora fabricaremos viguetas o listones o traviesas.

Hemos ideado entramados para que la madera, en pie, como estuvo en el árbol, apilada en caballete, conduzca al suelo y libere al aire la humedad que no requiere, o para que encastillada, bajo cubierta, en posición horizontal, bien sea organizada como triángulos huecos o como cuadrados perfectos, permita “la evaporación del agua o su difusión en forma de vapor”; montajes para agilizar los mecanismos naturales por medio de los cuales “el agua se mueve desde la superficie de la pieza a la atmósfera, y desde sus zonas internas hasta la periferia”, migración de la humedad que se produce por los conductos capilares; la hemos estibado, como carga en un puerto, para alcanzar “lo que en probetas de laboratorio ya se ha comprobado”, lo que en nuestras mejores construcciones, a lo largo de los siglos, verificamos, que “al secarse, la madera mejora su resistencia, su estabilidad dimensional, su peso, su capacidad de absorción y sus defensas, su aislamiento térmico, acústico y eléctrico, su durabilidad”; la hemos “acondicionado físicamente, exponiéndola a la acción del medio ambiente, a la temperatura, a la movilidad del aire y a la humedad relativa del entorno”, ordenándola, “antes de su empleo”; la hemos dispuesto en camadas para su interacción con vientos dominantes mediante calles y pasajes, le hemos permitido una circulación activa, para que se produzca, continuamente, la renovación del aire circundante, le hemos estudiado una mejor disposición observando la orientación del sol, separando sus piezas, cubriéndolas. La hemos apilado para que entonces pueda darse en la realidad la teoría que llamamos curva de secado, en cada una de sus fases, desde la inicial, cuando se evapora el agua superficial y entonces se presenta en ella un punto crítico, un estado hasta entonces desconocido por el tejido que antes hizo parte de un árbol y ahora es solo el fragmento de una pieza, donde la “severidad de la diferencia de humedad entre uno y otro sector pudiera provocar la aparición de defectos, de grietas, de rajaduras, de alabeos”, pudiera producir, encorvaduras, torceduras, arqueaduras, abarquillado”, pudiera originar “su colapso”; la hemos acopiado para que pueda sucederse, en una fase intermedia, el fenómeno que definimos como punto de saturación de las fibras, cuando las paredes celulares están llenas de agua y sus cavidades están libres de ella”, una fase compleja donde se nos reclama desarrollar, a quienes guiamos un proceso que no es para nada nuestro sino que existe desde siempre en el universo natural, un trabajo exigente, apegado a la posibilidad de nuestros conocimientos, bajo los principios del gradiente de humedad de la madera, “la diferencia en el contenido de humedad entre dos puntos de una pieza”; la hemos encastillado para alcanzar entonces, ya en su fase final, el momento en que existe un equilibrio higroscópico entre la madera y el medio que le rodea, cuando ni esta cede humedad ni incorpora de aquel humedad a su materia. Hemos ideado entramados para secar la madera, pero ideándolos hemos empleado frases que nos trasladan a otros tiempos, a oficios de antes, al proceso natural que hemos llevado al carácter de un proceso artificial, utilizando como claves, para entrar en ellos, al tiempo, a los oficios, a los procesos, nombres viejos, señales de cuando el idioma era una prolongación del canto, una jerga de labores y quehaceres y faenas, un lenguaje técnico que al cantarlo parece nos hubiese olvidado, desde entonces y para siempre, entre pilares, travesaños, largueros y rastreles, entre cortinas de arpillera, entre la maravilla sonora que existe al pronunciar expresiones que como las anteriores tienen referencias a objetos de trabajo, a tareas de carpintero, vocablos tan hermosos como aquellos que guardan en el aire la palabra lastre, la palabra tensor, la palabra tinglado, elementos que han servido para elevar y mantener en pié nuestras construcciones, provisionales o no, donde el viento y el sol, si nuevamente nos referimos al proceso del secado, aún lo hacen casi todo, por nosotros.

Cambia la mecánica, la maquinaria, conservamos, en nuestra transformación, los procesos naturales que le dieron y le dan vida a la madera. Cambian las prácticas, el arte, la ingeniería, la aplicación de las matemáticas, nuestro razonamiento para definir mecanismos y dispositivos, las fuentes de energía, conservamos, bien sea para reducir el tiempo de secado o para adquirir niveles muy bajos en el contenido de humedad, conceptos. Creeríamos que para elegir un sistema u otro, para definir un montaje o seleccionar una u otra máquina, guardaremos siempre la obligación de tener presente que “el contenido de humedad representa un índice de las tensiones que se desarrollan dentro de la madera, que ésta, en las primeras etapas, debe utilizar una humedad relativa alta para controlar los esfuerzos de tracción y que al final, la humedad relativa, baja, compensará estos esfuerzos y las piezas no sufrirán deformación; conocemos, y para completar la idea, que en las etapas intermedias la superficie de las tablas estarán en compresión”. Cambian con el tiempo nuestras ideas, nuestra interpretación mental, acertada o no, de la realidad, cambian nuestras consideraciones y nuestra capacidad de imaginar, y lo hacemos según nuestras necesidades o nuestras posibilidades, según nuestros objetivos. Utilizamos túneles de viento, para hacernos a la humedad presente en las paredes de las piezas mediante el uso de aire forzado, conforme a la temperatura y la humedad relativa del ambiente; aprovechamos cámaras de deshumidificación, circuitos refrigerantes que cuentan con elementos para modificar la humedad, con mecanismos de circulación del aire e instrumentos de control, con componentes para llevar el calor nunca a más de 45º centígrados, 110º fahrenheit, siguiendo al pie de la letra métodos que consultan manuales donde detalladamente se nos explica como podremos lograr la condensación del vapor, que en este caso es el secreto; nos beneficiamos de invernaderos solares, instalaciones donde igualmente podemos controlar las condiciones ambientales y que nos exigen, como lo hacen las demás, regular su operación, dimensionar la necesidad del calor y la humedad, los caudales de aire y su velocidad, donde se nos obliga a utilizar ventiladores y, en latitudes donde la radiación solar no es constante, colectores solares, sistema planeado por especialistas que basan en la interpretación de cuanto a diario sucede a nuestro lado, su ciencia, técnica apropiada donde aprovechamos, para nuestro beneficio y el de la madera de trabajo, la mayor fuente de energía natural que existe, el sol; empleamos hornos, ahora convencionales, cámaras aisladas con radiadores, quemadores, válvulas, trampas y ventiladores, con humidificadores, inyectores, chimeneas, deflectores, motores, higrómetros, termo resistencias y vagonetas, con puertas y paredes herméticas, con controles manuales o automáticos, donde, y según hayamos formulado un programa de secado en base a nuestra experiencia, “se manejan las variables deseadas de presión, humedad y temperatura”, operaciones donde el calor no excede los 90º centígrados, 190º fahrenheit, todo ello mientras garanticemos que existe un intercambio de aire húmedo entre el interior del compartimiento y su exterior; disponemos de autoclaves para producir vacío, cámaras presurizadas donde mediante una circulación forzada de aire y vapor de saturación se calienta el corazón de la madera, y se seca, utilizando 130º centígrados o más, el equivalente a 260º fahrenheit, gracias a la condensación, cilindros donde el agua hierve a una temperatura menor pues la presión ambiental baja reduce su punto de ebullición, estufas que podrían ser rápidas en el secado y eficientes en el uso de energía, según quienes y en donde les operen.

Entre mayores sean nuestros conocimientos sobre las células y las moléculas, sobre el calor o la presión, sobre la difusión o la condensación, sobre la biología misma, sobre su física, habrá nuevas aplicaciones, diferentes a las ahora fundamentadas en el uso del aire. Aplicar una corriente eléctrica, alta frecuencia a través de la madera acumulando el calor, por ejemplo, usar solventes orgánicos, la acetona, aprovechar vapores orgánicos, utilizar la destilación de hidrocarburos, la creosota, beneficiarse de cloruros, de ureas y sulfatos, emplear la presión del calor en caras opuestas, ensayar los rayos infrarrojos. Si ya desde antes como lo hacemos hoy buscamos lo que no se nos ha perdido ni imagino en el futuro cuánto de más ensayarán los científicos. Establecemos ritmos para que se desborde el paso de las estaciones, para encontrar atajos y que entonces el tiempo sea solo una fracción de lo que ha sido, buscamos cada día formas apropiadas, y es nuestro deber hacerlo, confinamos a depósitos de trastos viejos, san alejos que a veces tiene la memoria, a veces la edificación de la fábrica en su último rincón, instrumentos y máquinas, mecanismos e instalaciones, relegamos nuestro pasado de artesanos ilustrados a la aparición de nuevos procesos, consultamos en ellos una lógica superior del universo, reconocemos, como ya lo hemos hecho, que no somos ni seremos, los hombres, seres sabios, como si lo es y ha sido la naturaleza, en su trabajo de miles de millones de años. Y sin embargo, teniendo ahora acceso al conocimiento, seguimos diseñando, seguimos calculando, seguimos dibujando, seguimos produciendo, seguimos construyendo, como si no fuesen verdad los factores de contracción longitudinal, como si pudiéramos ignorar también la contracción radial o la tangencial, como si los días y noches que han pasado los investigadores en el laboratorio, trabajando en sus cálculos matemáticos, que quisieran ser exactos si cada elemento se comportara siempre como los otros de su especie, no fueran importantes en la función de los componentes individuales dentro de la estructura general; seguimos leyendo, que “una vez seca la madera comenzará a producirse incorporación de humedad bajo forma de absorción química, la reacción entre las moléculas de celulosa en la pared celular y las moléculas de vapor de agua, hasta lograr el equilibrio higroscópico”, sin reflexionar en ello; seguimos desconociendo, y parecería serlo más grave ahora, cuando la construcción en madera ha alcanzado alturas hasta hace pocos años inimaginables, como inimaginable fue, para quienes no las hemos conocido, la altura que en la realidad alcanzaron las pagodas durante miles de años, porque en ellas los conceptos fundamentales no se habían olvidado, “que columnas y vigas adquieren un estado de equilibrio en el entorno” y que el entorno tendrá condiciones variables a lo largo de las estaciones, “que habrá una humedad dentro de la pared celular, unida químicamente, la humedad de composición, y una humedad entre las paredes celulares que obedece a las fuerzas capilares, la humedad libre”; que debemos comprender los movimientos y el cambio de volumen de las piezas en madera por los cambios de humedad, que “la consideración más importante en los edificios en altura es el encogimiento, más cuando se detallan los elementos verticales, pues una contracción excesiva puede afectar la elevación y la alineación, comprometiendo el edificio, que debemos diseñar detalles de conexión que minimicen el efecto”; seguimos desconociendo los conceptos de punto crítico, de punto de saturación de las fibras y equilibrio higroscópico, de cual es la relación entre ellos, de cuales son las formas en que el agua se presenta en cada una de las piezas de trabajo, cual es el agua libre, cual la higroscópica, cual de composición, seguimos siendo ajenos a la relación que existe para siempre entre las células y su estructura molecular, seguimos siendo inferiores a los secretos que en la madera nos enseña la naturaleza.

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