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Soluciones de madera para la construcción.

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casa prefabricada de madera

El miedo a un material natural y sostenible

Tenemos miedo de construir en madera. Sobretodo en regiones donde casi nunca le utilizamos como material estructural.

Es una realidad que la madera es un componente orgánico que puede consumirse con el fuego, que puede ser atacado por hongos, mohos, insectos o perforadores marinos, que se deteriora ante la acción de agentes atmosféricos, como el sol, el agua o el viento, que puede descomponerse, en menor medida, ante la acción de agentes químicos. Es cierto que la madera, sin nuestro trabajo en ella, sin una buena recolección, sin el proceso de secado y la preservación adecuada, sin la protección que podríamos darle por nuestras decisiones en el diseño arquitectónico o de ingeniería, sin una selección conveniente para su uso final, pierde sus propiedades, y se pudre. Admitimos que, como cualquier otro elemento de origen vegetal, otro material vivo, la madera, ése milagro de celulosa y lignina, se degrada en el tiempo.

Pero paralelamente, y casi que de manera inconsciente, suponemos que el concreto, los metales, la cerámica, el vidrio, los polímeros o la piedra, son duraderos, por no decir, eternos. Olvidamos, al señalarlo, sobre cómo ciertas condiciones de humedad, de temperatura, de radiación, de presencia de agentes físicos y químicos, también del fuego, son sus enemigos, y que así, como se deteriora la madera, se degradan las piedras o los vidrios o cerámicas, se descomponen los plásticos y se oxidan los metales. Olvidamos que cualquier tecnología de construcción que utilicemos requiere de decisiones que favorezcan el comportamiento de sus materiales y que en buena parte nuestro trabajo profesional es encontrar soluciones de protección para evitar el deterioro de éstos en el tiempo.

No tenemos el mismo miedo que tenemos a la madera, como material de obra, al construir con otros materiales de origen inorgánico. Sobre todo en regiones donde la tradición le ha olvidado como un excelente material para la construcción.

Siempre pienso que la fábula de los tres cerditos, “un cuento infantil para educar en valores”, es parte esencial de nuestra formación profesional. Que su lectura fue la primera clase formal a la que asistimos quienes ahora nos dedicamos a labores de construcción, y que incluso antes de ser arquitectos o ingenieros, carpinteros o maestros de obra, antes de ser quien toma la decisión de construir en uno u otro material, con ésa lección bien aprendida, ya conocíamos del miedo a que nuestra casa se cayera y entonces nos atrapara el lobo. Pienso que su enseñanza, sus valores, son difíciles de olvidar.

Tenemos que hacer una casa para protegernos del lobo, dijeron los tres cerditos. Así podremos escondernos dentro de ella cada vez que el lobo aparezca por aquí. El menor la hizo en paja. El lobo sopló y la derribó fácilmente. El mediano prefirió construirla de madera. El lobo tardó un poco más, soplando y soplando, pero al final la madera acabó cediendo. El mayor pensó que, aunque tardaría más que sus hermanos, lo mejor era hacer una casa resistente y fuerte, con ladrillos. El lobo feroz no pudo derribarla”.

Creo que muchos de nuestros otros miedos, tanto como diseñadores como constructores, son producto de ése temor inicial a la durabilidad y resistencia de las casas de paja o de madera. Parece que el lobo sigue vivo, ahora que no somos niños y que somos nosotros quienes construimos y debemos escoger cómo protegernos. Parece que siempre habrá un cerdito mayor, mas inteligente, que sepa que lo mejor es construir en concreto o en metal o en cerámica o en vidrio o en polímeros o en piedra.

Los valientes que, como Catalina la Grande, se atreven a desafiar montañas rusas, un invento a partir de trineos sobre rampas gigantes cubiertas por la nieve, el descubrimiento de quienes antes también tuvieron la osadía de idear y construir San Petersburgo en las marismas del golfo de Finlandia, hace ya bastante tiempo, saben que éstas se diseñan y construyen con la idea de causarnos temor, ya sea por las altura a la que llegan o por creer volar en ellas cuando nuestra vida depende únicamente de un arnés, por su juego entre la gravedad y la aceleración, entre la liberación de la  energía potencial y los efectos de la energía cinética, por su reto a la primera ley del movimiento, principio de la mecánica que nos plantea Isaac Newton, por el temor de afrontar nuestro vértigo.

Los mas atrevidos, quienes asisten ahora a los parques donde son  atracciones muy populares, montañas rusas que en Rusia se llaman montañas americanas y en norte américa roller coasters, buscan en ellas algo más de diversión. Saben que se conservan algunas otras emociones en las originales, las construidas en madera, las woodies, y que son emociones distintas a las de las montañas rusas ahora también fabricadas en acero. Su mayor diferencia, pues las dos cumplen con todas las normas de seguridad, es que la madera cruje, y su sonido en ése momento es aterrador, que la estructura en madera es flexible, y que su movimiento atemoriza, que con un solo soplo el lobo podría echar abajo todos los elementos y uniones ya estudiadas, que conforman una estructura estable y resistente pero que nos parece endeble y propensa a colapsar. La mayor diferencia entre ellas es simplemente nuestro miedo.

Pero, al igual que nos sucede con las casas en madera, con los templos en madera, con los muelles en madera, nuestro miedo no va más allá de un viejo invento que no es cierto. Y ya nuestros conocimientos lo han probado desde hace miles de años, así no quisiéramos, en nuestras decisiones cotidianas,  reconocerlo.

Los constructores en madera hemos estado tentados a crear otro lobo que haga dar miedo a los demás, hemos estado predispuestos a cometer el mismo error de la fábula, de educar, asustando. Y estamos cerca de lograrlo. Quisiéramos que no fuera necesario, quisiéramos que en el futuro inmediato existan procesos sostenibles para producir el ladrillo, o el acero o el concreto, los materiales ahora mas utilizados. Pues si enumeramos la destrucción que se produce al extraer rocas y minerales de cualquier lugar, los daños por el uso indiscriminado del agua, de las arcillas y de la arena, comprobaríamos que la sostenibilidad del planeta, nuestra casa, donde nos protegemos, está en juego, y que con un soplo leve podríamos entonces arrasar los bosques y secar los ríos, producir incendios en los campos, borrascas en las ciudades, tormentas en el mar. Comprobaríamos que, a partir de nuestra nueva realidad, ahora serían mas inteligentes los dos cerditos que construyeron en paja y en madera. Demostraríamos que debemos proteger nuestra casa mayor, el planeta, el lugar que alberga nuestras casas familiares, para protegernos.

Si el volumen de construcción, que cada día es mayor, requiere del uso de materiales renovables y la madera es, entre ellos, el más importante, debemos, de nuestra parte, arquitectos, ingenieros y constructores en madera,  estudiar nuevos productos que le utilicen como materia prima, transformarla con base en nuestros sueños y nuestra experiencia, correr el riesgo, al diseñar, de ser siempre mejores, conocer perfectamente su comportamiento, para tener entonces una respuesta innovadora a las necesidades de las construcciones, sean menores o mayores, tanto de edificios o puentes o barcos o estadios, lo que ya hemos hecho, como de estructuras mucho más altas, o de luces mucho más largas, o de formas hasta ahora poco utilizadas, como podríamos hacerlo, y lo estamos haciendo. Debemos correr el riesgo de desafiar en las montañas rusas nuestros miedos, y entre ellos al de construir en madera, como bien sabemos hoy, con nuestra civilización en riesgo, que es y será uno de nuestros mayores retos.

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